Los puntajes al banquillo

Por Mariano Braga / Sommelier, Comunicador del vino, jurado en The International Wine & Spirit Competition (IWSC)

 

Amados y odiados por igual, cada año se celebran cerca de 400 concursos internacionales de vino en todo el mundo. Qué se evalúa, quiénes lo hacen y qué hay detrás de un número que puede llevar a una etiqueta hasta lo más alto de la fama. Acá se lo contamos.

 

Ahora mismo, en algún rincón del planeta, un panel de catadores está juzgando vinos. Una medalla de oro por aquí, noventa y tantos puntos de un crítico especializado por allá.

Es un enorme desafío, digámoslo: pocas cosas resultan más subjetivas que el vino, que esa apreciación personal que todo debe resumirlo al “me gusta” o “no me gusta”. Pero desde hace ya varios años, los concursos y puntajes se han convertido en una valiosa herramienta.

 

¿Cómo funciona el asunto?

La respuesta tiene casi tantas variantes como concursos existan. La regla general parte de la cata a ciegas, es decir, el crítico recibe el vino con muy poca información de su procedencia, precio o elaborador, de forma tal de intentar afectar lo menos posible la ‘objetividad del catador’. En algunos casos, como el del International Wine And Spirit Competition (IWSC), cada juez recibe tan solo la copa llena, sin tener acceso siquiera a ver la botella (aunque esté cubierta, tapando la etiqueta), para que el color o formato pueda tomarse como referencia.

Las revistas especializadas y guías impresas de vino, en cambio, eligen muchas veces que la cata sea al descubierto, conociendo de “pe a pa” lo que está acurrucándose en la copa. Y, a veces, esta idea no es mala: soy un convencido de que al vino hay que analizarlo y entenderlo desde su contexto, desde las manos detrás del concepto. Dejar afuera las condiciones de la añada, la identidad de la variedad de uva, la tipicidad del terruño o el perfil del enólogo pueden ser graves errores.

En primera persona

Recién les contaba sobre el IWSC que es, probablemente, uno de los certámenes más respetados internacionalmente, con muestras de 80 países que se presentan cada año para que más de una centena de jueces las analicen en detenimiento.

Déjenme relatarles la experiencia en primera persona, porque tengo la fortuna de ser uno de los pocos representantes latinoamericanos dentro del panel de catadores, lo cual es toda una maravillosa experiencia que renuevo cada año. Las sesiones son silenciosas e intensas, ya que se pueden probar entre 30 y 50 muestras por día, siempre ordenados en tandas (en estos casos, llamados flights) con cierto criterio común. Arrancamos con 5 Torrontés de Argentina, continuamos con 10 Malbec de Tupungato, luego 5 Malbec patagónicos y así sucesivamente; la agrupación tiene un hilo conductor, pero el juez no toma decisión al respecto: solo se sienta a cumplir su rol de evaluar.

En cada panel se designa un líder o chairman, quien es quien coordina todo. Este personaje, siempre con demostrada experiencia en la temática de los vinos que se están catando, es quien manejará la batuta a lo largo de jornada.

La puntuación es subjetiva y personalísima y, en el mejor de los casos, del promedio derivan medallas de oro, plata y bronce. Analizamos el ojo, la nariz, la boca y ese “factor extra” que hace de un vino algo inolvidable. Todo en el banquillo, con la subjetividad a un lado, si es que esto es posible.

A veces hay vinos contaminados. Otras, los puntajes son muy dispersos entre los integrantes del panel. También puede quedar alguna duda: hay vinos que resultan magníficos para unos y realmente olvidables para otros; ahí está el presidente del jurado, pidiendo una recata para que, en algunas semanas, otros expertos vuelvan a la muestra en cuestión y desempaten opiniones.

 

¿Y funciona?

Bueno, funciona, claro, siempre y cuando la medalla esté o el puntaje trepe más allá de los 90 puntos. Ahora bien: si el vino escaló alto, entonces en la publicidad se leerán cosas tan drásticas como: “El mejor Cabernet Sauvignon del mundo”. Una aventura riesgosa que es, también, parte del juego esperable al prestar una etiqueta al voto de un panel.

Lo importante, mis amigos, es recordar que esa cucarda brotó de la apreciación de una persona con una opinión subjetiva, relativa, personal. Entonces la pregunta es: ¿cuánto nos sirve a nosotros, los consumidores? Ahí, la respuesta se cae de madura: nunca servirá tanto como el propio paladar. Así que a probar y seguir probando.

 

Quién es quién

La Interntional Wine & Spirit Competition (IWSC) junto con los Decanter World Wine Awards, llevados adelante por la revista especializada británica Decanter, son dos de los más importantes. También se suma el Concours Mondial de Bruxelles, creado en 1994, y el International Wine Challenge, entre otros pocos, que se alzaron como alternativas confiables y respetadas en esta carrera vínica que planea encontrar al mejor de entre los mejores.

Las revistas especializadas como Decanter o Wine Spectator suelen ser las más conservadoras, manteniendo hace años catadores especializados en determinadas regiones productoras del mundo.

Y, finalmente, los sitios online y críticos trotamundos como Tim Atkin, Robert Parker Jr. o Jancis Robinson tienen una gran influencia en mercados importantes como los Estados Unidos e Inglaterra.

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