Las cavas más bonitas del mundo

Son varias, y las encontrás desde en un aeropuerto asiático hasta en la zona más cotizada de Londres o New York. Etiquetas de a miles, añadas perdidas, arquitectura de ensueño y vinos que hacen delirar. Vení, demos un paseo.


Un Chateau d’Yquem cosecha 1811 que, vendido a casi cien mil libras esterlinas, se pierde en esa vitrina con más de cincuenta íconos dulces de Burdeos. Hedonism Wines es el wine store estrella de Londres, rozándose con bolsos Fendi y sacos Armani en el corazón de Mayfair. A miles de kilómetros de distancia, un botellón de seis litros de Opus One 2009 les da la bienvenida a los pasajeros en tránsito en Le Clos, dentro de la terminal A del Aeropuerto Internacional de Dubái.

Hay vinotecas que merecen una excursión, amigos. Pensadas desde su estética, desde su diseño, arquitectura y selección de etiquetas. Negocios salpicados por el mundo que le rinden culto al vino, haciendo que la compra se transforme en una verdadera experiencia.

Recuerdo mi visita a Enoteca Di Piazza, en plena Toscana. Era nuestro plan de luna de miel, viajando a través de Europa con, se imaginarán, algunas paradas técnicas imprescindibles. Montalcino era de ésas: el paraíso de la Sangiovese y hogar de tintos profundamente longevos, de colores pálidos y perfumes a cuero imposibles de borrar. Callejuelas de piedra, una ciudad amurallada en lo alto de la montaña y el vino como columna vertebral. Enoteca Di Piazza está en ese olimpo añoso, con una estética austera pero con una selección riquísima de etiquetas locales y, lo mejor, la posibilidad de probar todo de a copas a través de un sistema prepago de tarjetas que, cargándolas con algunos Euros, permite sorber por poco esos tintos toscanos que valen mucho.

Así como Enoteca Di Piazza, la tendencia parece replicarse a lo largo y a lo ancho del planeta: los espacios para la venta de vinos han entendido que el juego debe abrirse hasta el infinito, y ya no basta con la sola vitrina. El caso de Total Wine es paradigmático: en un mercado muy exigente como el de los Estados Unidos, logró imponer una cadena de vinerías en donde el foco está centrado en el conocimiento, uno de los atributos que más valora quien va de compras. Cursos y seminarios de capacitación, degustaciones y miles de alternativas de vinos, cervezas y espirituosas que aseguran una experiencia tan desafiante como inagotable. Y, detrás de aquellas etiquetas, especialistas que conocen y saben guiar.

Así es como han surgido en los últimos tiempos enólogos y sommeliers que, alejados de la bodega, deciden meterse de lleno en el contacto con el cliente, regalando el plus que supone un conocedor de este tipo. “Es maravilloso poder guiar tanto al consumidor neófito como al experto; el hecho de tener el background de sommelier permite que más y más personas se animen a acercarse al mundo del vino sin miedos a equivocarse en su elección”, cuenta Adrien, a cargo de una de las sucursales parisinas del gigante francés Nicolas.

Y así las hay en varias esquinas del globo. Lavinia en París, la neoyorkina Sotheby’s Wine o Berry Bros & Rudd, en la vínica Londres, con sus paredes de madera oscura cubiertas de añadas ya extintas de los tintos más representativos de Europa. Todas guaridas que, con la coartada del vino de por medio, se transforman en destinos turísticos que hacen inevitable visitarlas, al menos, una vez en la vida.

Jaulas de mil colores por doquier, colgadas de los techos, amuradas a las paredes. Cuando al estudio de diseño alemán Furch Gestaltung + Produktion se le encomendó la tarea de bocetar la estética de la vinería Weinhandlung Kreis, en Stuttgart, pensaron en que ésa sería la mejor manera de agolpar 12.000 botellas de vino en una superficie de apenas setenta metros cuadrados. Rojos, anaranjados, amarillos rabiosos. Generar impacto, claro, porque ése es uno de los puntos focales que han transformado la estética de las vinerías en los últimos años.

O los interminables pasillos escoltados por botellones en la divina Monvínic de Barcelona, que le dieron el justificativo suficiente para que el prestigioso Premio FAD de Interiorismo los tuviese en cuenta y gratificara al diseñador de interiores Alfons Tost por su estética impecable. Y no son casos aislados. Lo cierto es que la arquitectura y el diseño son dos cuestiones que han pasado a las primeras planas y ya no basta con el simple salón climatizado: ahora hay que hacerlo bello. Así, y solo así, logramos el cometido de que una mundana excursión de shopping sea, de verdad, una experiencia ciento por ciento distinta.


Por Mariano Braga

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